¿Es más de surf o de kitesurf?

¿Es más de surf o de kitesurf?

Resulta evidente que el mundo nunca ha sido tan móvil, abierto, incierto, turbulento, emocionante, pobre en certezas y rico en oportunidades.

Frente a esta aceleración del cambio, todos nos enfrentamos cada día –y, sobre todo, en nuestras vidas profesionales– a un número cada vez mayor de opciones, indecisiones, posibilidades y preocupaciones asociadas. Sin embargo, en tales circunstancias, el riesgo es siempre doble:

  • o bien, saltar de una posibilidad a otra, pero arriesgándose a perder su propio hilo conductor, a merced de las circunstancias, incluso si estas son flexibles y agradables;
  • o bien, molestarse, rechazar el obstáculo y tratar a toda costa de mantener lo que ya no existe, etc.

Tanto si se trata de rigidez defensiva como de aceptación pasiva, ninguna de estas dos actitudes podría satisfacernos permanentemente, a pesar de que constituyen claramente las dos tentaciones más naturales. A su manera, y a nivel colectivo, las últimas elecciones lo han dejado muy claro…

Así pues, los más audaces, los más rápidos y los más cómodos con el cambio –entendido como una constante natural[1]– le propondrán siempre «navegar o surfear la ola». Con Internet, la palabra «navegar» ha adquirido una nueva notoriedad, ya que ahora se navega todos los días en el ciberespacio como hasta el momento solo unos pocos privilegiados navegaban el océano. Problema: aunque el surf es un deporte emocionante y mágico, la ola al final nos lleva siempre a la playa. Al surfista no le importa, pues su objetivo es cabalgar, no navegar, y fundirse con ella, en lugar de desplazarse. Pero ¿esto basta realmente para dirigir una empresa o gestionar una carrera? Surfear puede generar placer y progreso, pero si surfeamos demasiado, no nos moveremos mucho.

De hecho, desde siempre, «no hay viento favorable para quien no sabe adónde va[2]». Esta cita es casi tan antigua como la navegación, y la referencia a la dirección tampoco es muy reciente, aunque está más de actualidad que nunca. Sin rumbo, sin brújula y sin velas, ¿cómo dirigirse a un destino de la forma más exacta posible? ¿Cómo hacer frente a las tormentas y utilizar los vientos para alcanzar sus propios objetivos?

Entonces, ¿cómo conciliar ambos aspectos, la adaptabilidad y la coherencia, así como el sentido del cambio y el sentido de la dirección? A decir verdad, existe una solución sencilla y, sin duda, única. Ser muy claro en cuanto al objetivo para ser muy flexible en cuanto a las condiciones de ejecución. Seremos más adaptables, móviles y flexibles en el exterior si somos más claros y firmes en el interior. Seremos más rápidos y reactivos en una situación si sabemos exactamente qué queremos conseguir. En este sentido, el kitesurf es sin lugar a dudas mejor metáfora que el surf, ya que la vela nos permite navegar y orientarnos libremente, al mismo tiempo.

Así pues, la conclusión podría ser la siguiente: ante los cambios, oriente las velas a conciencia y navegue sin perder de vista el objetivo. Esto nos permitirá lidiar de la mejor forma posible con todo lo nuevo que la vida, el mundo y el cambio nos ofrecen cada día, sin que por ello perdamos nunca nuestro propio rumbo, lo que nos parece fundamental y nos tomamos más a pecho

Y, usted, ¿qué piensa?

Nadia Nardonnet, Directora ejecutiva de PerformanSe

[1] Un texto chino muy antiguo dice básicamente lo siguiente: «la única cosa que no cambia nunca es que todo cambia continuamente todo el tiempo». Y otro evoca al camaleón como el único animal que no cambia jamás, ya que su verdadera naturaleza es el cambio.

[2] Séneca, Cartas a Lucilio. Séneca vivió en el primer siglo de nuestra era (murió en el año 65 d. C.).

 

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